Rojo y blanco

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Se detuvo dos días, que fueron deliciosos, en el lago de Ginebra, y visitó los lugares que la Nueva Eloísa ha hecho célebres; encontró, en casa de un campesino de Clärens, un libro con encuadernación bordada que había pertenecido a la señora de Warens.

A la aridez espiritual que tanto le molestaba en París, ciudad tan perfecta para recibir testimonios de condolencia, había sucedido una tierna melancolía: se estaba alejando de Nancy, quizá para siempre.

Aquella tristeza abrió a su alma el sentimiento por las Artes. Vio, con el mayor de los placeres, como no hubiese podido hacerlo un ignorante, Milán, Sarono, la Cartuja de Pavía, etc. Bolonia y Florencia le sumieron en un estado de enternecimiento y sensibilidad hacia las cosas minúsculas que, con seguridad, tres meses antes le hubiera producido remordimientos.

Finalmente, al llegar a su destino, a Capel, le fue preciso sermonearse, para adoptar con las personas con quienes tendría que tratar, el grado de adustez conveniente.



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