Rojo y blanco

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—¡Pues bien!, el coronel se ha tragado todo esto como si fuera agua —dijo Filloteau que, ya de noche cerrada y cuando no podía ser notado su gesto, fue a visitar a Luciano para consolarle por su arresto—. El coronel, al salir de la casa de esta tal señora de Hoquincourt, ha querido convencemos de que no se habían reído de nosotros cuando pasábamos por delante de la servidumbre, que en el fondo habíamos sido recibidos con bondad y alegría, como si dijéramos, despreocupadamente, igual que se recibe a unos amigos, ¡ya ve usted!… ¡Pardiez! ¡En los buenos tiempos, cuando atravesábamos Francia, desde Maguncia a Bayona, para entrar en España, le hubiésemos dado un buen chasco a una señora como ésa! Una dama anciana, la condesa de Marcilly, creo, que suma por lo menos noventa años, nos ha ofrecido un vaso de vino en él momento en que nos levantábamos para irnos, como se hace con los cocheros.









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