Rojo y blanco

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Cuando pudo salir, Luciano se enteró de otros detalles. Habíamos olvidado decir que el señor Bonard le había presentado en cinco o seis casas de la alta burguesía. Había encontrado en ellas la misma afectación continua que manifestase la señorita Sylviane, y las mismas tendencias a la campechanía. Se había dado cuenta de que los maridos burgueses vigilaban recíprocamente a sus esposas; sin duda, no por acuerdo tácito entre ellos, sino simplemente por envidia y maldad. Dos o tres de sus señoras, para decirlo con sus propias palabras, poseían hermosos ojos, y estos hermosos ojos se habían dignado hablar con Luciano; pero ¿cómo poder conversar con ellas? Y, por otra parte, ¡cuánta afectación a su alrededor e incluso en ellas mismas! ¡Qué eternas partidas de boston con sus maridos, y, sobre todo, cuánta incertidumbre en el éxito! Luciano, carente de experiencia, un poco decepcionado por lo que veía, prefería pasar las veladas aburriéndose solo, que tener que estar jugando interminables partidas de boston con los señores maridos, los cuales tenían buen cuidado en colocarle de espaldas a la más hermosa del salón. Se limitaba, de buen grado, a desempeñar el papel de observador. La ignorancia de aquellas pobres mujeres era inimaginable. Las fortunas son limitadas; los maridos leen los periódicos a qué están suscritos en común, y que sus mitades no ven jamás. Su misión en la vida se reduce a tener hijos y a cuidarles cuando están enfermos. Únicamente los domingos, dando el brazo a sus maridos, van al paseo a lucir los vestidos y chales de colores chillones con que éstos recompensan su fidelidad al cumplir los deberes de madres y esposas.


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