Rojo y blanco

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Si Luciano había sido más constante en su trato con la señorita Sylviane, era por ser más cómodo: bastaba con entrar en una tienda. Nuestro héroe terminó por hacer lo mismo que el señor prefecto, el cual, con su acostumbrada afectación y aire almibarado, llamaba todas las tardes a la puerta trasera del almacén de espirituosos; sin detenerse en la tienda, el primer magistrado del departamento pasaba directamente a la trastienda. Allí se encontraba con uno de los propietarios más importantes del departamento, de lo que tenía buen cuidado de informar al señor ministro.

Luciano aparecía por casa de Sylviane cada ocho días y cuando lo hacía, al salir, se juraba no volver hasta pasado un mes. Durante algún tiempo fue diariamente. La explicación que le dio Filloteau y la cólera de éste, la falta de sensatez en los oficiales superiores, cuyo proceder le alejaba de ellos hasta distancias inconmensurables, habían despertado en él el espíritu de contradicción.

—Hay aquí una sociedad que no gusta de recibir a las personas que llevan mi uniforme; intentemos penetrar en ella. Posiblemente, en el fondo son tan aburridas como los burgueses; pero, en fin, esto hay que verlo; me quedará, por lo menos, el placer de haber vencido una dificultad. Es preciso que solicite a mi padre algunas cartas de presentación.


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