Rojo y blanco
Rojo y blanco Mi muy querido subteniente: eres joven, saben que eres rico, sin duda te crees apuesto, posees cuando menos un buen caballo, ya que me consta has pagado por él cien luises. Y, ten en cuenta que, en la región donde estás, el caballo tiene más importancia que el hombre que lo monta. Debes valer menos que un saintsimoniano ordinario, cuando no has sabido hacerte abrir de par en par las mansiones de los hidalgüelos de Nancy. ApostarÃa cualquier cosa a que Mallinet (uno de los criados de Luciano), es más listo que tú y no tiene dificultades para elegir donde pasar las veladas. Mi querido Luciano, estúdiate la matemática, y procura ser profundo. Tu madre se encuentra bien, asà como tu sincero servidor,
Francisco Leuwen.
Después de una carta como aquélla, Luciano se dio a todos los demonios. Para colmo, por la tarde, al regresar de uno de aquellos paseos que no podÃan prolongarse más de dos leguas, vio a su criado Mellinet sentado en la calle delante de una tienda, en medio de un cÃrculo de mujeres que se reÃan con muchas ganas.
—Mi padre es un sabio —se dijo—, y yo un estúpido.