Rojo y blanco

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»No diga usted ni una sola palabra —exclamó el coronel con aire colérico, cuando Luciano intentó hablar a su vez—. Si por desventura confirmara usted nuestras sospechas, me vería obligado a mandarle al Cuartel General en Metz, y no quiero desprenderme de un joven que, ya en otra ocasión, ha faltado a sus deberes.

Luciano estaba furioso. Mientras el coronel hablaba, tuvo dos o tres veces la tentación de coger una pluma que había sobre una ancha mesa de pino, manchada de tinta y considerablemente sucia, detrás de la cual estaba sentado aquel ser grosero y déspota, y redactar su dimisión. Le detuvo el pensamiento de las bromas que le gastaría su padre; minutos después consideró que era más digno de un hombre obligar al coronel a reconocer que había sido engañado o que querían engañarle.

—Mi coronel —dijo con voz trémula de cólera, pero, por otra parte, conteniéndose perfectamente—, fui expulsado de la Escuela Politécnica, es cierto; me han calificado allí de republicano, cuando lo único cierto es que fui un tonto. Con excepción de matemáticas y química nada sé. No he estudiado política y sinceramente debo decirle que me formulo graves objeciones ante todas las formas de gobierno. No puedo, pues, tener ninguna opinión formada sobre la que mejor pueda convenir a Francia…


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