Rojo y blanco
Rojo y blanco —¿Cómo, caballero, se atreve usted a declarar que no comprende que únicamente el gobierno del rey…? (Suprimimos aquà tres páginas conteniendo lo que el bravo coronel dijo de un tirón, y que habÃa leÃdo unos dÃas antes en un periódico financiado por el gobierno).
—Ya tengo bastante de éste espÃa espadachÃn —se dijo Luciano en el transcurso del largo sermón; y buscó alguna frase que dijera mucho en pocas palabras.
—Ayer entré por primera vez en mi vida en ese gabinete literario —dijo finalmente—, y daré cincuenta luises a quien pueda demostrar lo contrario.
—No se trata ahora de dinero —replicó el coronel con amargura—; todo el mundo sabe que tiene mucho, y usted mejor que nadie. Ayer, señor, en el gabinete literario de Schmidt, estuvo usted leyendo el National, y en cambio no se tomó la molestia de hojear el Journal de Paris ni los Débats, que se hallaban encima de la mesa.
«Debió de haber allà un observador exacto», pensó Luciano. A continuación se puso a dar una explicación de todo cuanto habÃa hecho en aquel lugar, y a fuerza de pequeños detalles pudo llegar a forzar al coronel a convencerse: