Rojo y blanco

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El doctor no se hubiera quedado ni cinco minutos con nuestro héroe, al que daba golpecitos en el estómago mientras hablaba. Aquel señor Du Poirier era un ser de la más abyecta vulgaridad, que parecía sentirse orgulloso de sus maneras soeces y ordinarias, como el cerdo se revuelca en el fango con cierta voluptuosidad insolente hacia el espectador. Pero Luciano no tuvo tiempo para darse cuenta de aquella extraordinaria ridiculez; resultaba demasiado evidente que no era por vanidad, o por ponerse a su altura o por encima de ella, por lo que Du Poirier se mostraba familiar con él. Luciano creyó ver que se trataba de un hombre de mérito, impulsado por la necesidad de expresar vivamente la multitud de pensamientos y la gran cantidad de energía que le oprimían. Un hombre menos joven que Luciano, habría podido observar que el entusiasmo de Du Poirier no le impedía que dejara prevalecer la familiaridad usurpada y sacar de ella todas las ventajas posibles. Cuando no hablaba arrebatadamente, poseía tanta vanidad como cualquier otro francés. Sin embargo, el caballero Billars no vio nada de aquello y lo consideró de un mal tono suficiente para que debiera ser expulsado incluso de un café.





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