Rojo y blanco
Rojo y blanco —Pero no —se dijo Luciano, después de haber creÃdo durante unos momentos en aquella obsesión de genialidad apasionada—, este hombre es un hipócrita; es demasiado inteligente para dejarse arrebatar por ningún pensamiento; no hace nada que no sea muy pensado y sopesado. Este exceso de vulgaridad y de mal tono, junto a esta elevación de pensamiento, deben de tener alguna finalidad.
Luciano prestaba mucha atención; el doctor hablaba de cualquier tema, pero muy especialmente de polÃtica; pretendÃa conocer anécdotas secretas sobre todo.
—Pero, señor —dijo el doctor Du Poirier interrumpiendo repentinamente sus razonamientos acerca de la felicidad de Francia—, va usted a tomarme por un médico de ParÃs, por uno de esos que quieren mostrarse inteligentes y que hablan con el paciente sobre todos los temas, excepto de su enfermedad.
El doctor examinó el brazo de Luciano y le aconsejó inmovilidad absoluta durante ocho dÃas. Luego añadió:
—Déjese usted de cataplasmas, no tome ninguna medicina y no tendrá que pensar más en este pinchazo.
Luciano observó que, mientras el doctor Du Poirier examinaba su herida y los latidos de la arteria, su mirada era notable. En cuanto hubo reconocido la herida, Du Poirier reemprendió su discurso sobre el tema de la imposibilidad del gobierno de Luis-Felipe.