Rojo y blanco
Rojo y blanco —Todo esto puede ser verdad o puede ser falso; me importa poco —continuó Luciano con el aire más desinteresado del mundo—; no he estudiado TeologÃa; nos hallamos únicamente en el reino de la religión de los intereses positivos; si alguna vez tenemos tiempo para ello, podremos hundirnos juntos en las profundidades de la filosofÃa alemana, tan amable y tan diáfana a los ojos de los privilegiados. Un sabio amigo mÃo me dijo que cuando se halla el lÃmite de sus razonamientos, se explica todo con un llamamiento a la fe, todo aquello que no puede ser explicado por la simple razón. Y, como tenÃa el honor de estarle diciendo, señor, no he decidido todavÃa si el dÃa de mañana aceptaré el empleo que me ofrece la casa de comercio que coloca a la fe como cosa necesaria en la provisión de fondos.
—Adiós, señor; veo que muy pronto será usted de los nuestros —prosiguió el doctor con aire satisfecho—; estamos completamente de acuerdo en todo —añadió dando golpecitos en el pecho de Luciano—; mientras esperamos el momento, voy a intentar expulsar de su cuerpo los ataques de gota volante.
Escribió una receta, y se fue.