Rojo y blanco
Rojo y blanco —Es menos bobo —se decÃa el doctor al salir—, que esos parisienses que pasan por aquà todos los años para ir a visitar el campo de batalla de Lunéville o el valle del Rhin. Recita con inteligencia una lección que seguramente habrá aprendido en ParÃs de alguno de esos ateos del Instituto. Todo este maquiavelismo tan bonito no es, felizmente, más que charlatanerÃa, y la ironÃa que manifiesta en sus palabras no ha penetrado todavÃa en su alma; conseguiremos lo que nos proponemos. Hay que procurar que se enamore de alguna de las mujeres de la ciudad: la señora de Hoquincourt podrÃa decidirse a dejar a ese d’Antin, que no sirve para nada, que se está arruinando, etc., etc.
Luciano volvÃa a sentirse con la misma actividad y alegrÃa que cuando estaba en ParÃs; no habÃa aprendido a pensar en todas aquellas cosas más que después del vacÃo espantoso y del desinterés universal experimentado en Nancy.
Por la tarde, hacia última hora, el señor Gauthier subió a su casa. ,
—Me halla usted encantado con este doctor —le dijo Luciano—; no he encontrado nunca a nadie más divertido que él.