Rojo y blanco

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—Es algo más que un charlatán —contestó el republicano Gauthier—. En su juventud, cuando aún no tenía mucha clientela, recetaba una pócima e inmediatamente salía disparado a casa del farmacéutico para prepararla por sí mismo. Dos horas más tarde volvía a casa del paciente para ver el efecto. Actualmente realiza en política lo mismo que antes hacía en su profesión; él es quien debiera ser el prefecto del departamento. A pesar de sus cincuenta años, la base de la manera de ser de este hombre es todavía una gran necesidad de actuar y una vivacidad casi infantil. En cuatro palabras: es un enamorado de eso que tanto molesta a los demás mortales: el trabajo. Siente la necesidad de hablar, de persuadir, de hacer salir a la superficie los acontecimientos y, sobre todo, de ocuparse en solventar toda clase de dificultades. Sube de cuatro en cuatro los peldaños de una escalera hasta un quinto piso, para poder dar consejos a un fabricante de paraguas sobre sus asuntos domésticos. Si el partido legitimista tuviera en Francia doscientos hombres como éste y supiera colocarles en los lugares apropiados, nosotros, los republicanos, seríamos mejor tratados por el gobierno. Lo que usted seguramente no sabe, es que el señor Du Poirier es auténticamente elocuente; si no tuviera miedo, pero miedo como un niño, como nadie es capaz de sentir, sería un hombre verdaderamente peligroso, incluso para nosotros. Arrastra, como aquel que juega, a toda la nobleza del país; es él quien señala lo que debe hacer al padre Rey, el gran vicario jesuita de nuestro obispo; y no hace ocho días que, en una aventura que le explicaré, ha vencido a dicho abate Rey en toda la línea. Sigo sus movimientos de muy cerca, porque es el más encarnizado enemigo de nuestro periódico L’Aurore. En las próximas elecciones, de las cuales este hombre incansable se está ocupando ya, dejará pasar uno, o quizá dos, de los candidatos del gobierno, si el prefecto Fléron le permite arruinar a nuestro Aurore y hacer que me encierren a mí en la cárcel; pues me hace justicia, como yo a él, y si se presenta la ocasión, argumentamos juntos. Tiene sobre mi dos ventajas indudables: es elocuente y divertido, y es el primero en su profesión; se le considera, y con razón, como el médico más competente del este de Francia, y a menudo le llaman de Strasbourg, de Metz y de Lille; hace tres días que ha llegado de Bruselas.


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