Rojo y blanco

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—Yo daría muy a gusto una pieza de oro —decía una de aquellas caras singulares que rodeaban al doctor (Luciano se enteró, al salir, que era la de la señora marquesa de Marcilly); pero este señor Cochin, después de todo, no posee nacimiento (no es noble). No llevo encima más que monedas de oro, y ruego al buen doctor que mande a su criada a mi casa mañana, después de la misa de las ocho y media, para entregarle algo de dinero.

—Su apellido, señora marquesa —respondió el doctor—, encabezará precisamente la página catorce de mi gran registro de tapas elásticas, que he recibido, o mejor dicho, que hemos recibido, como regalo de nuestros amigos de París.

—Estoy aquí como el señor Jabalot en Versalles, represento mis farsas —se dijo Luciano animado por el éxito.

En efecto, todas las miradas convergían sobre su uniforme. Nosotros haremos observar, como justificación de nuestro oficial, que desde su partida de París nunca tuvo ocasión de estar en un salón; y vivir sin una conversación ágil, ¿se puede decir que sea llevar una vida feliz?

—Y yo —añadió en voz alta—, me atreveré a rogar al señor Du Poirier que me inscriba por la cantidad de cuarenta francos. Pero quisiera tener la dicha de, ver mi nombre figurar inmediatamente después del de la señora marquesa; esto me traerá suerte.


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