Rojo y blanco
Rojo y blanco Salieron poco tiempo después y Luciano, viendo su pantalón irremisiblemente sucio, regresó a su casa.
«Tal vez esta pequeña desgracia puede ser considerada como un mérito», se dijo.
Y aceptó andar lentamente para no adelantar a las santas mujeres que avanzaban muy despacio por la calle solitaria y cubierta de hierba.
—Siento curiosidad por saber lo que el coronel encontrará de reprensible en todo esto —se decía Luciano cuando el doctor le alcanzó; y como disimular no era su fuerte, dejó entrever algo de aquella idea a su nuevo amigo.
—Su coronel no es más que un vulgar justo medio, le conocemos bien —dijo Du Poirier con aire de autoridad—. Es un pobre infeliz, constantemente temblando de encontrar su destitución en el Moniteur; pero no veo por aquí al oficial manco, ese liberal graduado en Brienne que le sirve de espía.