Rojo y blanco
Rojo y blanco Habían llegado al final de la calle, y Luciano, que la había recorrido lentamente y prestando oído a las frases que se pronunciaban sobre él, temió que su alegría no se traicionase mediante algún gesto o alguna palabra imprudente. Se permitió hacer una leve inclinación, con toda gravedad, a tres damas que marchaban casi a su misma altura y que hablaban en voz muy alta. Estrechó la mano con afectación al doctor y se fue. Montó a caballos, dando rienda suelta a sus deseos de reír que le obsesionaban desde hacía una hora. Cuando pasaba por delante del gabinete literario de Schmidt pensó: «He ahí el placer de ser sabio». Vio al oficial liberal manco que, colocado detrás del cristal verdoso del gabinete literario, sostenía en las manos un número de la Tribune y que le miró con el rabillo del ojo mientras pasaba. Al día siguiente no se hablaba en la alta sociedad de Nancy más que de la presencia de un uniforme en la iglesia de los Penitentes, y más aún, de un uniforme cuya manga derecha estaba descosida y atada mediante unas cintas negras. El joven que lo llevaba había estado a punto de presentarse ante Dios; fue aquél un día de triunfo para Luciano. No se atrevió, a ir a la misa rezada de las ocho y media. «Esto podría tener consecuencias —pensó—; sería necesario que fuera a ella cada vez que no esté de servicio».