Rojo y blanco

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Hacia las diez, fue con gran pompa a comprar un Eucologio o libro de rezos magníficamente encuadernado por Muller. No quiso en absoluto permitir que el libro fuese envuelto en papel de seda; encontró más divertido llevarlo orgullosamente debajo de su brazo izquierdo. «No lo hubiésemos hecho mejor —se dijo— en plena Restauración; imito al mariscal Soult, nuestro ministro de la Guerra. Todo se puede intentar con estos provincianos —pensó luego riendo—; y es que aquí no hay nadie que tenga noción del ridículo». Fue, siempre con el libro debajo del brazo, a llevar personalmente sus cuarenta francos al señor Du Poirier, el cual le permitió leer la lista de los suscriptores. En cada principio de página figuraba un apellido precedido de un de, y, por un halagador azar, únicamente el apellido de Luciano era una excepción a esta norma, al encabezar la página que seguía inmediatamente a la de la señora de Marcilly.

Al volver a su casa, el señor Du Poirier, que le acompañaba, dijo con aire profundo:

—Esté usted tranquilo, querido señor, que el coronel no le molestará cuando hable con usted; al menos será correcto; en cuanto a mostrarse benevolente, eso ya es otro asunto.


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