Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel hastÃo sólo tenÃa una excepción: Luciano es sentÃa animado cuando, al llegar a la residencia de los Puylaurens, le recibÃa la marquesa. Era una mujer alta, de treinta y cuatro o treinta y cinco años, o quizá más, que poseÃa unos ojos soberbios, una tez magnÃfica y, además, aspecto de estarse burlando de todas las teorÃas que puedan existir en el mundo. Sus explicaciones eran divertidÃsimas, repartiendo a manos llenas ridiculeces para todo el mundo, y casi sin hacer distinciones de partido. Por regla general los golpes que daba eran justos, y siempre en el grupo donde ella se encontraba remaba la alegrÃa. Con mucho gusto Luciano se hubiese enamorado de ella; pero la plaza estaba ya cubierta, y la gran ocupación de la señora de Puylaurens consistÃa en burlarse continuamente de un joven bastante agradable, llamado señor de Lanfort. Las bromas eran del tono que corresponde a la más tierna intimidad; pero nadie se escandalizaba por ello. «He ahà otra ventaja más de la provincia», se decÃa Luciano. Por otra parte, sentÃase complacido cuando se encontraba con el señor de Lanfort; era casi el único de entre todos los nativos que no levantaba la voz al hablar.