Rojo y blanco
Rojo y blanco Luciano se aficionó a la compañía de la marquesa y, al cabo de quince días, le pareció hermosa. Encontraba en ella una excitante mezcla de la vivacidad de sensaciones de la provincia y de la urbanidad de París. Fue, en efecto, en la corte de Carlos X donde ella había terminado su educación, mientras su marido actuaba como recaudador general en un departamento bastante alejado de la capital.
Para complacer a su esposo y a su partido, la señora Puylaurens iba a la iglesia dos o tres veces al día; pero en cuanto ella entraba, el templo del Señor se convertía en un salón; Luciano procuraba colocar su silla lo más cerca posible de la señora de Puylaurens, y encontraba así una manera de cortejarla secretamente, siguiendo las exigencias de la buena sociedad. De este modo hacía menor su aburrimiento.
Un día en que la marquesa reía demasiado alto desde, hacía cinco minutos con sus vecinos, se acercó un sacerdote y quiso hacer cesar aquellas manifestaciones de hilaridad.
—Me parece, señora marquesa, que la casa de Dios…