Rojo y blanco

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—¿Es a mí, por casualidad, a quien se dirige esta señora? ¡Me divierte usted, mi pequeño abate!, su oficio consiste en salvar nuestras almas, y no dudo de que usted será muy elocuente, pues si no viniésemos a su casa por principios, no tendría aquí ni un gato. Desde su púlpito puede usted hablar cuanto le venga en gana; pero recuerde que su deber es el de contestar cuando se le pregunte; su señor padre, que era lacayo en casa de mi suegra, debió procurarle a usted mejor educación.

Una risa general, aunque reprimida, siguió a aquel aviso caritativo. Aquello fue motivo de diversión, y Luciano no se perdió ni el más leve matiz de aquella pequeña escena. Pero, en compensación, escuchó explicarla por lo menos cien veces.

Entre la señora de Puylaurens y el señor de Lanfort hubo una seria discusión; Luciano redobló sus asiduidades. Nada era más divertido que escuchar las cosas que se decían las dos partes beligerantes, que continuaban viéndose todos los días; su manera de ser, la de los dos, era motivo de comentarios, por todo Nancy.




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