Rojo y blanco
Rojo y blanco Un dĂa vio a la señora d’Hoquincourt enfadada con el señor d’Antin. Aquel joven tan francĂ©s, siempre despreocupado por el porvenir, dispuesto a gustar e inclinado a la buena vida, estaba aquel dĂa loco de amor y de tierna melancolĂa; habĂa perdido la cabeza hasta el punto de intentar ser más solĂcito con ella que de ordinario. En vez de seguir las educadas indicaciones que le hacĂa la señora d’Hoquincourt para que se fuera a pasear durante un rato y para regresar más tarde, el señor d’Antin, sumamente agitado, se limitaba a pasearse por el salĂłn.
—Siento grandes deseos, señora —le dijo Luciano—, de regalarle un pequeño grabado inglĂ©s, colocado en un delicioso marco gĂłtico; me permito solicitarle permiso para ponerlo en su salĂłn y, el dĂa que no le vea en su lugar ordinario, para demostrarle todo mi disgusto por tan injusta acciĂłn, no pondrĂa nunca más los pies en su casa.
—Es porque es usted un hombre inteligente —le respondió ella riendo—; no es lo bastante tonto para enamorarse. ¡Gran Dios!, ¿puede existir algo más incómodo que el amor?…