Rojo y blanco

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Cuando Luciano se encontraba con uno de sus nuevos amigos, no podía evitar el tener que detenerse a hablar con él en medio de la calle. Allí, se quedaban mirándose, no sabían que decirse, hablaban todo lo más del calor o del frío, etc.; pues el provinciano no lee más que periódicos, y pasada la hora de la discusión sobre los temas que aparecen en el diario, no sabe ya qué decir. «Verdaderamente, aquí es una auténtica desgracia poseer fortuna —pensaba Luciano—; los ricos están más desocupados que los demás y por ello, en apariencia, son todavía más molestos. Pasan sus vidas examinando con un microscopio los actos de sus vecinos; no conocen otro remedio para el aburrimiento que el de convertirse en espías irnos de otros, lo cual, durante los primeros meses, oculta un tanto al extranjero la esterilidad de su espíritu. Cuando el marido se dispone a relatar a dicho extranjero una historia conocida de su mujer y de sus hijos, se puede ver a éstos ardiendo en deseos de tomar la palabra y quitársela a su padre para explicar ellos el cuento; y, a menudo, bajo pretexto de añadir una nueva circunstancia olvidada, vuelven a repetir la historia».

A veces, cansado de todo aquello, en vez de acicalarse y montar a caballo para reunirse con la noble sociedad, Luciano se quedaba en casa del señor Bonard bebiendo un vaso de cerveza en compañía de éste.


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