Rojo y blanco

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Una vez reunidos todos los asistentes, se pasó a la sala de baile. En medio de un jardín plantado tiempo atrás por el rey Estanislao, suegro de Luis XV y que representaba, siguiendo el gusto de la época, un laberinto, se elevaba un quiosco muy elegante, aunque bastante abandonado desde la muerte del amigo de Carlos VII. Para disimular los desperfectos ocasionados por el tiempo, había sido transformado en una especie de entoldado magnífico. El comandante de la plaza, muy enfadado al no poder asistir al baile y celebrar la fiesta del augusto personaje, había prestado, sacadas de los almacenes de la guarnición, dos de aquellas grandes tiendas llamadas marquesas. Habían sido levantadas al lado del quiosco, con el cual se comunicaban por medio de grandes puertas, adornadas con trofeos indios, pero en las cuales dominaba el color blanco; no hubiese sido hecho mejor ni en París; los señores Roller fueron los encargados de todo lo referente a la decoración.

Por la noche, merced a aquellas lindas tiendas, al aspecto animado del baile, y también sin duda a la acogida verdaderamente amable de la cual era objeto, Luciano se sintió completamente distraído de su tristeza y de sus remordimientos. La belleza del jardín y de la sala en la cual se bailaba, le encantaron como a un niño; estas primeras impresiones hicieron de él otro hombre.


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