Rojo y blanco
Rojo y blanco Era medianoche; la cena estaba preparada en una encantadora sala, formada por unas paredes de verdor de doce a quince pies de altura. Para poner la cena al abrigo del relente de la noche, si es que lo había, aquellos muros soportaban un toldo de anchas rayas rojas y blancas. Eran aquéllos los colores de la persona exilada en cuyo honor se celebraba la fiesta. A través del follaje de los setos, se distinguía una hermosa luna llena que iluminaba un tranquilo paisaje. Aquella naturaleza subyugante estaba perfectamente de acuerdo con los nuevos sentimientos que se estaban apoderando del corazón de la señora de Chasteller, y contribuían poderosamente a alejar y debilitar las objeciones de su razón. Luciano había elegido su sitio; no precisamente junto a la señora de Chasteller: era necesario tener ciertas consideraciones hacia los antiguos amigos de su nueva conocida. Una mirada más amistosa de lo que él hubiese podido esperar, le había enterado de aquella obligación; pero se colocó de manera que pudiera contemplarla perfectamente y oír lo que decía.