Rojo y blanco
Rojo y blanco Las conversaciones que sostenÃan los lanceros entre sà consiguieron distraer a Luciano. Tales conversaciones eran las mismas, en el fondo, y relativas a las necesidades más simples de las gentes más pobres: la calidad del pan de munición, el precio del vino, etc., etc. Pero la franqueza en el tono de la voz, el carácter firme y veraz de los interlocutores, vitalizaba su alma como el aire de las altas montañas. HabÃa en ellas algo simple y puro, completamente distinto a la atmósfera de invernadero en la cual hasta entonces habÃa vivido. Notar aquella diferencia y cambiar el modo de ver la vida, fue cosa de un instante; en lugar de una educación agradable, pero excesivamente prudente en el fondo y demasiado meticulosa, el tono de las conversaciones que escuchaba parecÃa decir con alegrÃa: «Me importa un pepino todo el mundo, y sólo me preocupo de mà mismo».
—¡He ahà a los más francos y más sinceros de los hombres —pensó Luciano—, y quizá también los más felices! ¿Por qué sus jefes no serán como ellos? Como aquéllos, yo soy sincero, no pienso nada sin decirlo; yo no tendrÃa otro pensamiento que el de contribuir a su bienestar; en el fondo, yo me burlo de todo, excepto de mi propia estimación. En cuanto a estos personajes importantes, de tono duro y suficiente que se titulan a sà mismos mis camaradas, únicamente tengo en común con ellos las charreteras.