Rojo y blanco

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Su cara joven e ingenua no pudo resistir a esta sensación tan viva que experimentaba; revelaba contento y bondad, y quizá también algo de curiosidad. Aquello fue un error; debía de haber permanecido impasible, o mejor aún, dar a sus rasgos una expresión contraria a aquella que se esperaba leer en ellos. El capitán, a la izquierda del cual, marchaba, se dijo:

—Este apuesto joven está a punto de hacerme una pregunta, y voy a volverle al sitio que le corresponde, con la contestación que se merece.

Pero Luciano, por nada del mundo hubiese sido capaz de hacer una pregunta a uno de aquellos camaradas, tan poco camaradas. Intentó adivinar por sí mismo las palabras que, repentinamente, habían dado un aire tan alerta a todos los lanceros y que reemplazaba el andar negligente que da un largo camino, por toda la marcialidad militar.

El capitán esperaba una pregunta; finalmente, no pudo soportar más el continuado silencio del joven parisién.

—Es el inspector general que estábamos esperando, el general conde N…, par de Francia —dijo al fin, con tono seco y altanero, y sin dirigirse precisamente a Luciano.


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