Rojo y blanco
Rojo y blanco Éste miró al capitán con frialdad y como simplemente excitado por el ruido. La boca de este héroe presentaba una mueca espantosa; su frente se hallaba arrugada con el ceño de la más alta importancia; sus ojos miraban hacia un lado, pero estaban muy lejos de haberse fijado precisamente en el subteniente.
—¡Éste debe ser un animal bromista! —pensó Luciano—. Aparentemente, ése es el tono militar del cual me hablaba el teniente coronel Filloteau. Ciertamente, para complacer a estos caballeros, yo no pienso adoptar unas maneras tan rudas y tan vulgares; continuaré siendo un extraño para ellos. Quizás ello me cueste algún desafÃo; pero lo que es seguro es que no contestaré jamás a algo que se me diga en este tono.
El capitán esperaba, evidentemente, alguna frase admirativa por parte de Luciano, como por ejemplo:
—Este famoso conde N…, ¿no es el general que con tanto honor se mencionaba en los partes de la Grande Armee?
Pero nuestro héroe estaba en guardia; su cara no dejó de expresar lo mismo que manifestarÃa la de alguien expuesto a sentir un mal olor. El capitán se vio obligado a añadir, después de un penoso minuto de silencio, y frunciendo todavÃa más el entrecejo: