Rojo y blanco
Rojo y blanco Su llegada la colmó de alegría. Al abandonar la residencia de la señora de Marcilly se había dicho:
«Debe estar muy descontento de sí mismo y de mí, y seguramente tomará la decisión de olvidarme; y, si es que vuelvo a verle alguna vez más, no será hasta dentro de algunos días».
En la profunda oscuridad, la señora de Chasteller distinguió el fuego del cigarrillo de Leuwen. En aquel momento ella le amaba hasta la locura. Si en medio del completo silencio que reinaba, Leuwen hubiese tenido el rasgo genial de avanzar hasta su ventana para decirle en voz baja algunas cosas ingeniosas y sinceras, por ejemplo:
—Buenas noches, señora. ¡Dígnese demostrarme que soy oído!
Probablemente, ella le hubiese contestado:
—Adiós, señor Leuwen.
Y la entonación con que hubiese dicho aquellas tres palabras no hubiera dejado nada que desear al amante más exigente. Pronunciar el nombre de Leuwen, hablando con él mismo, hubiese constituido la suprema voluptuosidad para la señora de Chasteller.