Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen, después de haber hecho bastante el tonto, como se decía a sí mismo, fue a un determinado billar, al fondo de una sala sucia, en donde estaba seguro de encontrar a algunos oficiales del regimiento. Se hallaba en un estado tan lastimoso, que encontrarlos fue una verdadera suerte para él. Aquella felicidad apareció en su cara y gustó a sus amigos, quienes fueron buenos con él aquella noche, aunque ello no obstara para que al día siguiente recobraran la Maldad que da el buen tono.
Luciano tuvo la suerte de jugar y perder. Decidieron que no se le llevarían los pocos napoleones que le habían ganado; hicieron traer vino de Champagne, y Leuwen tuvo el buen sentido de emborracharse, hasta el punto de que el camarero y un vecino le tuvieron que acompañar hasta su casa:
Es así como un verdadero amor se aleja de la crápula.
Al día siguiente, Leuwen obró de manera absolutamente igual a como lo haría un loco. Los tenientes, camaradas suyos, vueltos malintencionados, se decían:
—Este hermoso dandy de París no está acostumbrado al champaña, todavía lleva la resaca de ayer; será necesario que le invitemos a beber más a menudo. Nos podremos burlar de él antes, durante y después; será perfecto.