Rojo y blanco
Rojo y blanco Aquel día siguiente al de su primer reencuentro con aquella mujer de la cual Leuwen se creía tan seguro, se mostró absolutamente fuera de sí. No comprendía nada de lo que le sucedía, ni de los sentimientos que veía nacer en su corazón ni de las acciones de los demás con respecto a él. Le parecía que hacían alusión a sus sentimientos hacia la señora de Chásteller, y tuvo necesidad de toda su razón para no indignarse.
«Obraré cada día según se presenten las cosas —se-dijo finalmente—, lanzándome siempre a la acción que me produzca más placer. Ya que no puedo confiar en ninguna persona de este mundo y que no he escrito a nadie sobre mi locura, ninguno podrá decirme el día de mañana: “Has sido un loco”. Si esta enfermedad no termina conmigo, al menos me hará enrojecer. Una locura bien escondida pierde más de la mitad de sus malos efectos. Lo esencial es que nadie adivine nada de lo que yo siento:»
En pocos días se operó en Leuwen un cambio completo. En los círculos de la alta sociedad causó admiración su alegría e inteligencia.
«Posee malos principios; es inmoral, pero, verdaderamente elocuente», decían en casa de la señora de Puylaurens.
«Amigo mío, se está usted echando a perder», le dijo un día aquella espiritual señora.