Rojo y blanco

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Hablaba por hablar, sostenía el pro y el contra, exageraba y cambiaba las circunstancias de todo lo que explicaba, y explicaba muchas cosas, empleando bastante tiempo en ello. En una palabra, hablaba como un hombre inteligente de provincias, con lo cual su éxito fue inmenso: los habitantes de Nancy reconocieron que no tenían la costumbre de admirar; antes, se le encontraba raro, original, afectado y, a menudo, oscuro.

El hecho era que sentía un miedo mortal a dejar adivinar lo que sucedía en su corazón. Se sentía espiado y vigilado de cerca por el doctor Du Poirier, del que empezaba a sospechar que hubiese hecho algún trato con el señor Thiers, hombre inteligente, ministro de Policía de Luis-Felipe. Pero Leuwen no podía romper con el doctor Du Poirier. Ni siquiera le fue posible conseguir alejarse de él y dejar de hablarle. Du Poirier estaba como anclado en aquella sociedad, había sido él quien presentó a Leuwen y cortar sus relaciones hubiese sido francamente ridículo y lo que es más, bastante molesto. Al no romper con un hombre tan activo, tan penetrante, tan fácil de molestar, era preciso tratarle como un amigo íntimo, como un padre.




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