Rojo y blanco

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«No se puede cambiar el papel que se representa con estas gentes». Se puso a hablar como un verdadero actor de teatro. Continuamente recitaba un papel, y especialmente el más cómico que le venía &; la imaginación; se servía adrede de expresiones ridículas. Gustaba de encontrarse con alguien, pues la soledad se le había hecho insoportable. Cuando más absurda era la tesis que sostenía, tanto más distraía de, la parte seria de su vida, que no era en absoluto satisfactoria y su espíritu se convirtió en algo así como el bufón de su alma.

No era en modo alguno un don Juan, bien lejos de esto; nosotros no sabemos lo que hubiese sido el día de mañana, pero en aquellos momentos no tenía la menor costumbre de tratar con una mujer, frente a frente de ella, contrariando sus propios sentimientos. Hasta entonces había honrado con el más profundo de sus desprecios aquel mérito del que empezaba a lamentar su ausencia. Por lo menos, no se hacía ni la menor ilusión al respecto.

Las frases terribles de Ernesto, su sabio primo, acerca de su poco espíritu con las mujeres, resonaban continuamente en su alma, casi tanto como las espantosas palabras de Bouchard, el maestre de postas, sobre el teniente coronel y la señora de Chasteller.


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