Rojo y blanco

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Veinte veces le había dicho su razón que debía acercarse nuevamente a aquel Bouchard, el cual por medio de dinero o de halagos podía proporcionarle detalles. Esto le era imposible: En cuanto veía a aquel hombre de lejos, por la calle, se le ponía la piel de gallina.

Su espíritu se creía fundado en despreciar a la de Chasteller, y su alma poseía nuevas razones cada día para adorarla como el ser más puro y celestial, el más por encima de las consideraciones de la vanidad y del dinero, que son como una segunda religión en provincias.

El combate entre su alma y su inteligencia casi le hacían volverse literalmente loco, y con seguridad, uno de los hombres más desgraciados. Era precisamente en aquella época en la que sus caballos, su tílburi y su servidumbre con librea, hacían de él objeto de envidia, no sólo entre los tenientes de su regimiento sino también entre todos los jóvenes de Nancy y sus alrededores, quienes al verle rico; joven, bien vestido y simpático, le miraban sin ninguna duda como el ser más feliz que nunca hubiesen podido encontrar. Su negra melancolía, cuando se hallaba solo en la calle, sus distracciones y sus impulsos de impaciencia con aires de desagrado, eran considerados como una fatuidad del orden más insigne y noble. Los más inteligentes veían en él una imitación muy digna de Lord Byron, del cual en aquellos momentos todavía se hablaba mucho.


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