Rojo y blanco

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Aquélla visita al billar no fue la única. La noticia se extendió por toda la ciudad; y como en Nancy se había dicho que las libreas que la señora Leuwen había mandado desde París a su hijo eran doce o quince, todo el mundo dijo que cada noche, desde hacía un mes, tenían que llevar a Leuwen completamente borracho a su habitación. Los indiferentes estaban atónitos, y los oficiales carlistas dimitidos muy dichosos Un solo corazón se sentía herido en lo más vivo:

«¿Me habré equivocado con él?».

Aquel procedimiento de perder la razón para olvidar su pena, no era bonito de ninguna manera, pero era el único que pudo proporcionarse Leuwen, o más bien el único al cual se había visto arrastrado. La vida de guarnición se había abierto para él, y había cedido. ¿De qué otro modo obrar, para no tener unos finales de velada abominables?

Era aquélla su primera pena; hasta entonces la vida no había sido para él más que trabajo o diversiones. Desde hacía tiempo era recibido, y con distinción, en todas las casas de Nancy; pero la misma razón que le aseguraba el éxito, le privaba de todo placer. Leuwen era como una vieja coqueta: Como siempre estaba representando una comedia, nada le producía placer.

«Si estuviera en Alemania —se había dicho—, hablaría en alemán; en Nancy hablo en provinciano».


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