Rojo y blanco
Rojo y blanco Si alguien le hubiese dicho en una bella mañana: «¡Qué hermosa mañana!». Él se hubiese jurado que habría contestado, frunciendo el entrecejo con aire importante de terrateniente: «¡Qué hermoso tiempo para el heno!».
Sus excesos de la noche en el billar Charpentier hicieron que se resquebrajara un poco su consideración. Pero pocos días antes de que su mala conducta estallara, había comprado calesa una inmensa, muy apropiada para recibir familias numerosas, bastante abundantes en Nancy, y que destinaba, en efecto, para el traslado de las mismas. Las seis señoritas de Serpîerre y su madre «estrenaron» aquel coche, como se dice en aquella región. Otras varias familias, también numerosas, se atrevieron a pedírsela, y la obtuvieron inmediatamente.
«Este señor Leuwen es un buen muchacho —se decía por todas partes—; verdad es que todo esto le cuesta poco: Su padre especula con las rentas en combinación con el ministro del Interior. Es la pobre renta la que paga todo».