Rojo y blanco
Rojo y blanco «¡QuĂ© cabellos tan magnĂficos, brillantes como la más bella seda, largos, abundantes! ¡QuĂ© admirable color tenĂan ayer, bajo la sombra de aquellos grandes árboles! ¡QuĂ© rubio tan encantador! No son en absoluto aquellos cabellos color de oro cantados por Ovidio, ni los cabellos color de acajĂş que Rafael y Cario Dolci han pintado en sus más admirables cabezas. Un calificativo que darĂa a los suyos, puede no ser muy elegante, pero realmente bajo el brillo de la más hermosa seda, tienen el color de la nuez. ¡Y ese perfil admirable de la frente! ¡Cuántos pensamientos debe albergar, quizá demasiados!… ¡Cuánto miedo me inspiraban antes! En cuanto a los ojos, ÂżquiĂ©n ha podido contemplar otros semejantes? En su mirada está el infinito, incluso cuando se detiene en algĂşn objeto sin ningĂşn interĂ©s. ¡QuĂ© modo de mirar su coche en el “Cazador Verde” cuando nos acercábamos a Ă©l! ¡QuĂ© forma tan admirable tienen los párpados de esos ojos tan bellos! Su mirada es especialmente celestial cuando no se fija en nada. Entonces, parece expresar todo el color de su alma. Tiene la nariz un poco aquilina; no me gusta esto en una mujer, nunca me ha gustado, incluso cuando la amaba… ¡Cuando la amaba! ¡Gran Dios! ÂżDĂłnde esconderme? ÂżQuĂ© hacer? ÂżQuĂ© decirle? ÂżY si ella hubiese sido mĂa?… ¡Pues bien!, yo serĂa un hombre honrado, entonces como siempre. “Estoy loco, mi querida amiga, le dirĂa. IndĂqueme un lugar donde desterrarme, y por espantoso que sea, me dirigirĂ© inmediatamente hacia Ă©l”».