Rojo y blanco
Rojo y blanco «Pero no, me lo he dicho mil veces, y en momentos en que tenía toda la sangre fría que era de desear: Es el tilbury del señor Leuwen y especialmente las libreas de su servidumbre, lo que hace que la gente le llame fatuo y no porque lo sea verdaderamente. Estos burgueses sienten que en su lugar ellos serían fatuos, he ahí todo. Lo único que hay en él, es la inocente vanidad de su edad. Le gusta poseer buenos caballos y hermosas libreas. Esta palabra fatuo no expresa más que la envidia que esos oficiales dimisionarios sienten hacia él».
No obstante, a pesar de la forma decisiva de estos razonamientos, en aquel momento de turbación el calificativo de fatuo tenía un peso terrible en la modestia de la señora de Chasteller.
«Únicamente he hablado con, él cinco o seis veces en mi vida; estoy muy lejos de ser una profunda conocedora del mundo. Sería necesario tener una rara confianza en sí mismo para pretender conocer el corazón de un hombre después de cinco conversaciones con él… Y todavía —se dijo la señora de Chasteller entristeciéndose cada vez más—, cuando le hablo, estoy más atenta a no traicionar mis propios sentimientos que a observar los suyos… Hay que reconocer que existe algo de presunción en una mujer de mi edad, al creer que puede ser mejor juez de un hombre que toda una ciudad entera».