Rojo y blanco
Rojo y blanco Como puede verse, nuestro héroe era bastante tonto cuando se hacía este razonamiento, y hay que declarar que no era más feliz que clarividente. Una vez terminado su razonamiento, hubiese querido encontrarse a cien pies bajo tierra, ya que sentía que empezaba a amar de nuevo. El corazón de la señora de Chasteller no se hallaba en un estado mucho más envidiable. Estaban pagando los dos, a alto precio, la felicidad encontrada la antevíspera en el «Cazador Verde». Y si los novelistas tuviésemos todavía, como antiguamente, el afortunado privilegio de introducir principios morales en las grandes ocasiones, aquí escribiríamos: ¡justo castigo a la imprudencia de amar a una persona a la cual se conoce tan poco! ¡Vaya, hacer algo así como dueño de su felicidad a una persona a la que no se ha visto más que cinco veces! Y si el narrador pudiese traducir los pensamientos con un estilo pomposo y terminar incluso con alguna alusión religiosa, los muy tontos se dirían entre sí: he aquí un libro moral y su autor debe ser un hombre respetable. Los tontos no se dirían, porque no lo han leído aún, lo que se dice en los libros recomendados por la Academia: con la elegancia actual de nuestros modales más distinguidos, ¿qué es lo que una mujer puede saber de un hombre correcto, después de cincuenta visitas, si no es su grado de espíritu y el menor o mayor progreso que pueda hacer en el arte de decir elegantemente cosas insignificantes? ¿Pero de su corazón, de su forma particular de ir en busca de la felicidad? Nada, o bien: No es lo correcto.