Rojo y blanco

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CAPÍTULO XXVI

Sólo tenía un instante para decidirse; el amor sacó partido de aquel exceso de turbación. De repente, en vez de continuar paseando en silencio y con los ojos bajos para evitar las miradas de Leuwen, la señora de Chasteller se volvió hacia él:

—Señor Leuwen, ¿ha tenido algún motivo de disgusto en su regimiento? Parece usted hundido en las sombras de la melancolía.

—Es verdad, señora, me siento desde ayer profundamente atormentado. No comprendo nada de lo que me sucede.

Y sus ojos, que volvió de lleno sobre la señora de Chasteller, demostraban que decían la verdad, por su profunda seriedad. La señora de Chasteller quedó impresionada y se detuvo como clavada en el suelo. No pudo ni dar un solo paso más.

—Me siento avergonzado de lo que tengo que decirle, señora —continuó Leuwen—, pero, en fin, mi deber de hombre de honor exige que le hable.

Ante aquel preámbulo tan serio, los ojos de la señora de Chasteller enrojecieron.

—La forma de mi discurso, las palabras que debo emplear, son tan ridículas, como el fondo mismo de lo que tengo que decir, que es algo extraño e incluso tonto.


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