Rojo y blanco
Rojo y blanco —Verdaderamente, he creÃdo estar loco —añadió él, recuperando toda la tranquilidad que le era habitual y que a los ojos de la señora de Chasteller, excluÃa hasta la más ligera idea de mentira o exageración—. Nancy me ha parecido una ciudad nueva, una ciudad para mà desconocida, ya que en otros dÃas era a usted sola a quien veÃa; un hermoso cielo me hacÃa decir: «Su alma es todavÃa más pura», y la vista de una triste casa: «Si Bathilde habitase aquÃ, ¡cuán linda no serÃa esta casa!». DÃgnese perdonarme esta manera de hablar excesivamente Ãntima.
La señora de Chasteller hizo un signo dé impaciencia que parecÃa decir:
—Continúe; no me detengo a comentar estas minucias.