Rojo y blanco

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—¡Bien, señora! —prosiguió Leuwen que parecía estudiar en los ojos de la señora de Chasteller el efecto producido por sus palabras—. Esta mañana, la casa triste se me ha representado tal como es realmente, y el hermoso cielo me ha parecido hermoso sin recordarme ninguna otra hermosura, en una palabra, tenía la desdicha de no amar. De improviso, cuatro líneas extremadamente severas que he recibido en contestación a mi carta, sin duda demasiado larga, han parecido disipar un poco el efecto de la ponzoña. He tenido la felicidad de verla a usted, esta espantosa desdicha se ha disipado y me he vuelto a sentir encadenado, pero me siento aún como helado por el veneno… Le estoy hablando, señora, de un modo quizás un poco enfático, pero en verdad no sé cómo explicar con otras palabras lo que me sucede desde que vi a su señorita de compañía. El signo fatal es que, para hablar un poco con el lenguaje del amor, es necesario que haga un esfuerzo sobre mí mismo.

Después de aquella sincera declaración, le pareció a Leuwen tener un peso de dos quintales menos sobre su pecho. Poseía tan poca experiencia de la vida, que no se daba cuenta de aquella felicidad. La señora de Chastéller, por el contrario, parecía aterrada.

«Está bien claro que no es más que un fatuo. ¿Debe —se decía ella—, tomar esto tan a lo trágico? ¿Debo creer que esto es la ingenua declaración de un alma tierna?».


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