Rojo y blanco

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El modo de hablar que acostumbraba emplear Leuwen cuando se dirigía a la señora de Chasteller era tan simple, que ésta se inclinaba hacia su última opinión. Pero había observado a menudo que cuando se dirigía a cualquier otra persona que no fuese ella, decía con frecuencia cosas ridículas; aquel recuerdo de engaño habitual le hizo daño. Por otro lado, las maneras de Leuwen y el acento de sus palabras, habían cambiado de tal modo hacía el final de aquella arenga, que no veía ella cómo hacer ni qué pensar, para no creerle. ¿Será ya a su edad un comediante tan perfecto? Pero si ella daba fe a aquella insólita confidencia, si la creía sincera, ¿no debía mostrarse enfadada y aun entristecida? ¿Y qué hacer para no parecer ni una cosa ni otra?

La señora de Chasteller oyó que las señoritas de Serpierre regresaban al jardín corriendo. El señor y la señora de Serpierre estaban ya dentro de la gran calesa de Leuwen. La señora de Chasteller no quiso concederse más tiempo para escuchar su razón.

«Si no voy al “Cazador Verde”, dos de estas pobres muchachas perderán la excursión».

Y subió al coche con las dos más jóvenes.

«Tendré por lo menos —pensó—, algunos momentos para reflexionar».

Sus reflexiones fueron muy dulces.


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