Rojo y blanco
Rojo y blanco «El señor Leuwen es un hombre honrado, y lo que él dice, por muy raro e increíble que sea en apariencia, es verdadero. Su cara, toda su manera de ser, ya me lo anunciaban antes de que hablara».
Cuando descendieron del coche, a la entrada de los bosques de Burelviller, Leuwen era otro hombre; la señora de Chasteller se dio cuenta de ello a la primera mirada. Su frente había recobrado la serenidad de su edad y sus ademanes eran seguros.
«Hay honestidad en este corazón —pensó ella con delicia—; el mundo no ha podido hacer todavía un ser falso de él; ¡es algo verdaderamente admirable a los veintitrés años! Y más cuando se piensa que ha vivido en medio de la alta sociedad».
En lo cual la señora de Chasteller estaba muy equivocada: Desde la edad de dieciocho años, Leuwen no había vivido en medio de la sociedad de la corte y del faubourg Saint-Germain, sino entre las probetas y alambiques de las clases de química.
Al cabo de unos momentos se encontró Leuwen dando el brazo a la señora de Chasteller, mientras dos de las señoritas de Serpierre paseaban a su lado; el resto de la familia seguía a diez pasos. Adoptó un aire alegre para no llamar excesivamente la atención de aquellas señoritas.