Rojo y blanco
Rojo y blanco —Desde que me he atrevido a decir la verdad a la persona a quien más quiero en el mundo, me siento otro hombre. Ahora creo que las palabras de que me he servido, hablando de aquella señorita cuya visión parecÃa haberme envenenado, son perfectamente ridÃculas. Encuentro que hace aquà un tiempo tan hermoso como anteayer. Pero antes de entregarme a la felicidad que me inspira este hermoso lugar, tengo necesidad, señora, de conocer su opinión sobre lo ridÃculo de aquella arenga, en la cual hablé de cadenas, de veneno y de algunas otras cosas tan trágicas como éstas.
—Debo confesarle, señor, que no tengo ninguna opinión bien establecida sobre ello. Pero en general —añadió después de un corto silencio y con aspecto severo—, creo ver en ello la mayor sinceridad; si uno se engaña, por lo menos no desea ser engañado. Y la verdad lo disculpa todo, incluso las cadenas, el veneno, etc.
La señora de Chasteller tenÃa deseos de sonreÃr mientras pronunciaba aquellas palabras.