Rojo y blanco
Rojo y blanco «Asà pues —se dijo con verdadera pena—, ¿nunca podré conservar un tono conveniente cuando estoy hablando con el señor Leuwen? ¿Es que hablarle constituye una felicidad tan grande para m� ¿Quién me puede asegurar que no se trata de un vanidoso que ha querido jugar con una pobre provinciana como yo? Quizá, sin ser exactamente un hombre deshonesto, no siente hacia mà otros sentimientos que los ordinarios, y tal vez este amor no es más que hijo del aburrimiento, de una guarnición».
Asà hablaba todavÃa en el corazón de la señora de Chasteller el abogado contrario al amor, pero ya habÃa perdido la mayor parte de su fuerza. Ella encontraba un placer extremo en soñar, y no hablaba más que lo indispensable, para evitar un espectáculo ante la familia de Serpierre que se habÃa reunido a su alrededor. Por último, felizmente para Leuwen, llegaron los coros alemanes y empezaron a interpretar los valses de Mozart, y seguidamente unos duos del don Juan y dé las Bodas de FÃgaro. La señora de Chasteller se puso aún más seria, pero poco a poco fue sintiéndose más feliz. El mismo Leuwen se hallaba transportado a una novela de la vida y la esperanza de felicidad le parecÃa ya una certidumbre. En uno de los cortos instantes en que pudo disfrutar de alguna libertad mientras se paseaba con todas aquellas señoritas, se atrevió a decir: