Rojo y blanco

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—No hay que engañar al dios que se adora. He sido sincero, y éste es el mayor signo de respeto que haya podido ofrecerle a usted; ¿seré castigado por ello?

—¡Es usted un hombre muy extraño!

—Sería de mejor educación, a mi modo de ver, contestarle que sí. Pero en verdad, no sé realmente lo que soy, y daría una buena cantidad a quien pudiera decírmelo. Empecé a vivir y a intentar conocerme el día en que mi caballo cayó delante de unas ventanas, con persianas verdes.

Aquellas palabras fueron dichas como alguien que las va encontrando a medida que las pronuncia. La señora de Chasteller no pudo evitar sentirse profundamente impresionada por aquel acento sincero y noble a la vez; Leuwen había sentido cierto pudor al hablar de su amor más abiertamente, y se lo agradeció por medio de una tierna sonrisa.

—¿Podré atreverme a presentarme mañana? —añadió—. Pero debo pedir otro favor casi tan grande como éste, y es el de no ser recibido en presencia de aquella señorita.

—No ganaría usted nada —le respondió la señora de Chasteller con tristeza—. Siento demasiada repugnancia por un tema que parece ser el único del que puede usted hablar. Venga usted, si es un hombre lo bastante digno y honrado para prometerme hablar de cualquier otra cosa.


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