Rojo y blanco

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Leuwen se lo prometió. Aquello casi fue lo único que pudieron decirse esa tarde. Fue una verdadera suerte para los dos estar acompañados y en cierto modo impedidos de hablar libremente. Si hubiesen gozado de plena libertad, se hubiesen dicho más, y no habían llegado a un grado lo bastante íntimo como para no encontrar en aquella situación cierto embarazo, especialmente Leuwen. Pero si no se decían nada, sus ojos parecían estar de acuerdo en que no había ningún motivo de discusión entre los dos. Se amaban de una manera completamente diferente que la antevíspera. Ya no eran aquellos transportes de felicidad joven y sin sospecha, sino más bien una pasión, una intimidad, y el más vivo deseo de poder tener confianza.

«Que pueda creerte, y soy tuya», parecían decir los ojos de la señora de Chasteller.

Ella se hubiera muerto de vergüenza, si hubiera podido ver su expresión. Es ésta una de las desdichas de gran belleza, que no puede velar sus sentimientos. Pero este lenguaje es imposible ser comprendido con certeza si no es por medio de la indiferencia observadora. Leuwen creyó entenderlo durante unos instantes, pero momentos después dudaba de todo.


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