Rojo y blanco

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La felicidad que sentían de encontrarse juntos era íntima y profunda. Leuwen casi tenía lágrimas en los ojos. Durante varias veces, en el transcurso del paseo, la señora de Chasteller había evitado darle el brazo, pero sin afectación, ante las miradas de los Serpierre, ni dureza para él.

Finalmente, como empezaba ya a caer la noche, salieron del café-hauss para regresar a los coches que habían dejado a la entrada del bosque. La señora de Chasteller le dijo:

—Deme usted el brazo, señor Leuwen.

Leuwen estrechó el brazo que se le ofrecía, y aquel gesto le fue casi devuelto. Era delicioso escuchar, en lontananza, los coros bohemios. Se estableció un profundo silencio.

Por suerte, cuando llegaron a los coches, se encontraron con que una de las señoritas de Serpierre había olvidado su chal en el jardín del «Cazador Verde»; se propuso enviar a un criado y después pasar por allí en coche.



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