Rojo y blanco
Rojo y blanco Leuwen, volviendo a la conversación, hizo observar a la señora de Serpierre que el atardecer era soberbio, que un viento cálido y apenas sensible impedía el relente, que las señoritas de Serpierre habían corrido menos que la antevíspera, que los coches podían seguirles, etc., etcétera. Finalmente, por una multitud de buenas razones, llegó a la conclusión de que si aquellas señoras no se encontraban demasiado cansadas, sería mucho más agradable regresar andando. La señora de Serpierre dejó que la de Chasteller decidiera.
—En buena hora —dijo esta última—, pero con la condición de que los coches no nos sigan: ese ruido de ruedas que se paran cuando uno se detiene, resulta muy desagradable.
Leuwen pensó que los músicos, habiendo cobrado ya, se habrían ido del jardín; mandó a un criado para que volvieran a empezar su interpretación de los fragmentos del don Juan y de las Bodas de Fígaro. Regresó al lado de aquellas señoras y volvió a tomar sin dificultad el brazo de la señora de Chasteller. Las señoritas de Serpierre estaban encantadas con aquella prolongación del paseo. Marchaban todos juntos, la conversación general era amable y alegre. Leuwen hablaba para sostenerla y que nadie pudiera observar su silencio. La señora de Chasteller y él no se preocupaban de nada de lo que se decía: eran así extraordinariamente felices.