Rojo y blanco

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CAPÍTULO XXVII

Leuwen había faltado a uno de sus deberes del cuartel: la lista de la tarde había tenido lugar sin hallarse él presente, y además estaba de semana. Corrió a toda prisa a casa del ayudante, el cual le aconsejó fuera a denunciarse al coronel. Este militar era lo que se llamaba en 1834 un hombre del justo medio, y como tal, muy celoso de la acogida que Leuwen había obtenido en la buena sociedad. La falta de éxito en aquel barrio, como dicen los ingleses, podía retrasar el momento en que dicho coronel fuese ascendido a general, a ayuda de campo del rey, etc., etc. No respondió a las súplicas del subteniente más que con frases secas, indicándole que quedaba arrestado durante veinticuatro horas. Esto era lo que él temía. Regresó a su casa para escribir a la señora de Chasteller; pero ¡qué suplicio representaba para él escribir una carta oficial, y qué imprudencia poner en ella cosas de las cuales osaba hablar! Aquella idea le tuvo preocupado durante toda la noche.

Después de mil incertidumbres, Leuwen mandó simplemente a un criado a que entregara en casa de los Pontlevé una carta que podía ser leída por todos. En verdad, no se atrevía a escribir a la señora de Chasteller en otros términos: volvía a sentirse plenamente enamorado, y a experimentar el extremo terror que le inspiraba tal amor.


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