Rojo y blanco

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Al día siguiente, a las cuatro de la madrugada, Leuwen fue despertado por una orden de montar inmediatamente a caballo. Encontró un gran revuelo en el cuartel. Un suboficial de artillería estaba muy atareado distribuyendo cartuchos a los lanceros. Los obreros de una localidad a ocho o diez leguas de allí, acababan, según se dijo, de organizarse y confederarse.

El coronel Malher recorría el cuartel, diciendo a los oficiales, de manera que fuese oído por los lanceros:

—Se trata de dar una buena lección a esa gente. Nada de piedad con esos c… Habrá alguna cruz de recompensa.

Al pasar por debajo de las ventanas de la señora de Chasteller, Leuwen las miró intensamente, pero nada pudo percibir detrás de los visillos de muselina bordada, que se hallaban completamente corridos. Leuwen no pudo criticar por ello a la señora de Chasteller: el menor signo podía ser observado y comentado por todos los oficiales del regimiento.

«La señora d’Hoquincourt no hubiera dejado de hallarse en su ventana. Pero ¿podría yo amar a la señora d’Hoquincourt?».


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